Carlos: “La muralla de la censura nacional se ha desmoronado”
En Hong Kong, el último bastión del libre acceso a Internet y de la libertad de prensa, ya corría la noticia a finales de diciembre de 2019 de que había estallado una misteriosa cepa de virus en Wuhan, pero pocas personas se percataron de la magnitud de la epidemia.
Tengo muy presentes numerosos comentarios maliciosos en Weibo, el equivalente chino de Twitter. Uno de los internautas chinos nos ridiculizó de manera despectiva diciendo que “soy natural de Wuhan; no entiendo por qué la gente de Hong Kong se preocupa de algo que no existe. Se han vuelto locos.”
Me sentía ofendido ya que está claro que insinuaba la ola de manifestaciones antigubernamentales donde llevamos máscaras, luego me pacifiqué; solo el tiempo lo dirá.
Con el aumento drástico del número de contagiados, la muralla de la censura nacional se ha desmoronado.
Llegó el momento decisivo cuando el gobierno chino decretó una cuarentena sobre las ciudades de Wuhan. Todos sabemos que la medida no es broma. La situación debe de haberse ido de las manos hasta tal punto de que nadie es capaz de tapar la verdad.
Hemos entrado en un inmenso pánico colectivo, desde acaparar víveres hasta dudar de cualquier información recibida.
Durante la reciente visita a los supermercados, lo que vi fue nada más que un desorden: las estanterías de latas, arroz y fideos instantáneos estaban vacías y los productos de limpieza completamente agotados.
La caótica situación me hace recordar el año 2003, cuando nos sentíamos igualmente impotentes ante la epidemia de síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés), por miedo de que las reservas de alimentos no iban a ser provistas desde la provincia de Guangdong.
"Nos corroe la sensación de inquietud provocada por la carencia de mascarillas"
En primer lugar, cabe destacar que la escasez de mascarillas en la ciudad semiautónoma podría ser más grave que la de la China continental tomando en cuenta el hecho de que la gran mayoría de tapabocas que usamos son importados, y de que el coronavirus ya se haya extendido en los países vecinos como Japón, Tailandia y Corea del Sur.
La cosa de salvamento anda de boca en boca, y siento como si estuviéramos viviendo en una metrópolis retrógrada y incivilizada.
Hay farmacias inescrupulosas que cobran precios desorbitados por una caja de mascarillas de origen desconocido. Hay familias desfavorecidas que recurren a reutilizar tapabocas desechables o rebuscar una en la papelera.
Hay ancianos desesperados que empezaron a hacer cola en la madrugada antes de que se abriera la tienda. Incluso hubo robos relacionados con las mascarillas en un almacén.
No obstante, el gobierno de Hong Kong es reacio a coordinar el abastecimiento a los más necesitados, aunque hay una abundancia de recursos fabricados por reclusos en los centros penitenciarios locales.
Solo ha reiterado que el suministro se estabilizará más tarde, y por consecuencia, se nos ha socavado la última pizca de confianza en él.
He oído hablar a los internautas de que las mascarillas gubernamentales se hayan transportado a la provincia de Wuhan o estén en venta clandestinamente. Como las dudas todavía no se han esclarecido, inevitablemente proliferarán mucho más rumores.
"Desde mi humilde punto de vista, en vez de echar culpa a los correvediles por sembrar miedo, el gobierno de Hong Kong debería ser el primero en cuestionarse si ha hecho suficiente para contener la propagación del virus"
El miedo popular no es nada infundado. Hasta el día 2 de febrero, el número de infectados ya alcanzaba casi los 18.000 a nivel nacional y la cifra de muertos sigue ascendiendo con 23 países que registraron personas infectadas.
En nuestra ciudad, hay 15 casos de contagio confirmados, ocho de ellos relacionados con pacientes de la China continental.
Por otro lado, un amiga mía que es enfermera se queja de la falta de prendas protectoras en el hospital desbordado donde trabaja (ahora estamos en la alta temporada de influencia común).
Me resulta un escándalo que el gobierno solo haya clausurado la estación de tren de alta velocidad y unos puestos fronterizos insignificantes como un gesto vacuo sin considerar las consecuencias sanitarias derivadas de un creciente número de casos confirmados.
Si los dirigentes no resuelven cerrar todos los puestos fronterizos que conectan con la China continental con el fin de eliminar la menor posibilidad de un brote de la epidemia en la pequeña comunidad, el sistema de asistencia sanitaria se colapsará y desfavorecerá a los locales.
No me puedo imaginar la dolorosa escena que se repetirá después del SARS, aquella catástrofe cobró las vidas de casi 300 personas con ocho miembros del personal sanitario.
En los tiempos de lo más inaguantable, quería decirles a todos los lectores que hay que aferrarse a la fe, tomar las precauciones necesarias para mantener a raya la enfermedad y apoyar a los demás con calor humano.
La batalla contra el coronavirus, después de todo, requiere de nuestra solidaridad.

febrero 09, 2020

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