lunes, 14 de septiembre de 2009

Los besos vencen a la gripe

NO hay indicios de que las campañas oficiales que recomiendan no besarse ni darse la mano para prevenir el contagio de la gripe A hayan tenido éxito. Entre que la gripe se presenta leve y asusta más la palabra pandemia que su entidad patológica y que la ministra y los consejeros autonómicos del ramo sanitario han sido los primeros en saludarse con besos cuando se reúnen para combatirla, no hay quien se tome en serio sus consejos.




Además, estas campañas resbalan sobre una sociedad extremadamente besucona y partidaria del toqueteo a todos los niveles. Aquí nos gusta tocar mucho al prójimo (próximo) independientemente del grado de intimidad o conocimiento que tengamos con él. Y no digamos lo que atrae el beso, que ha dejado ya de estar reservado para la familia y los buenos amigos y amigas. Entre nosotros el ósculo se ha universalizado, y hasta trivializado. Mucha gente besa a todo lo que se menea. De cierta edad para abajo los españoles le damos un beso -mejor dicho, dos- a cualquiera que nos presente un conocido, aun en la sospecha de que es probable que no volvamos a verlo en el resto de nuestra vida.

No creo que sea por lo que se afirmaba en la película El diablo dijo no: "Los besos son como los bombones: se comen porque saben bien, sin ninguna otra razón", porque los besos de los que hablo no saben a nada. La mayoría no se dan a la mejilla del besado, sino directamente al aire. Son besos de protocolo o cortesía social, que simulan una cercanía inexistente, un amago de familiaridad o simpatía las más de las veces inventadas sobre la marcha. Si lo pensáramos bien y a toro pasado, nos sorprenderíamos preguntándonos muchas veces por qué puñetas hemos besado a determinadas personas.

Es muy difícil, en fin, cambiar hábitos tan arraigados sin parecer un ogro o un misántropo. Todavía si fuéramos japoneses estaríamos acostumbrados a saludarnos con una inclinación de cabeza, esa especie de reverencia fría y aséptica, pero somos españoles, mediterráneos y europeos y necesitaríamos enfrentarnos a una enfermedad grave que se transmitiera a través del beso o el apretón de manos para que aceptáramos variar el saludo y, en definitiva, la forma de relacionarnos. Las autoridades sanitarias tendrán que conformarse con lograr que nos lavemos más y mejor las manos, tiremos a la basura los pañuelos que sofocan nuestros estornudos y no compartamos vasos y toallas. El osculismo seguirá vigente entre nosotros. No hay cuidado.

Como en la canción que Martínez Ares le compuso a Pasión Vega, "se ha acabado el tiempo y sólo queda eso... besos y besos y besos y besos". Se ha acabado el tiempo, y el espacio de esta columna.

Un Saludo
C.Vera
Mis Historias y Poemas

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